EL DESTAPE DEL ROCK

Por Pablo L. Navas

El sol del mediodía y de la primera tarde dejó de pegarle, hace poco, a las botellas de agua mineral desparramadas en una playa del sur. Ayer tocó Solomun. Todavía el eco de los gritos de gol se percibe al fondo de una Avenida o en el centro. Anoche River y Boca jugaron en el Estadio Minella.

Ya son las dos de la tarde y ya una veintena de jóvenes llena un micro que va a salir a la Sierra de los Padres. El calor es brutal y amaina su fuerza la sombra que regala algún árbol de la Plaza Mitre. Debe ser por eso que apenas circula un matrimonio de ancianos, un hombre canoso que pasea un perro y una mujer que con su hija salió a dar vueltas en bicicleta.

Tomás se acostó tarde ayer, fue al cumpleaños de uno de sus mejores amigos, antes de que el colectivero ponga en marcha el transporte, él se tira sobre esa mitad de pasto y de tierra, tratando de gozar los últimos segundos antes de pegar su espalda y su culo al cuero del asiento. Mientras tanto, Franco termina una botella chica de cerveza para hidratarse, después de haber comido dos sandwichs de milanesa. Deja la botella a un costado y va con su novia a tirarse agua a la cabeza. El ruido del bondi es notable, todos tuvieron que confirmar que estaban en la lista y recibir su precinto. El bondi arranca. Josefina y Agustín, corriendo, lo frenan como perdiendo un tren, un avión o un taxi. Se suben y parten al Camping La Casualidad.

A las cuatro y a las seis de la tarde el procedimiento es parecido. Belén aparece con una bolsa color turquesa tan grande que apenas la puede sostener. Guadalupe, lleva una colcha que cuesta mirar ante la animalidad de la temperatura de este sábado 29. Valentina lleva apenas una cartera y en la mano una botella de cerveza, tiene puesto un vestido pero siente agobio. Deborah y Victoria debaten si ir a comprar un helado o no, pero desisten, no vaya a ser que el destino irónicamente les haga perder el traslado al lugar donde el Festival Cuero ya empezó, inaugurado por Lautaro y los cortoplacistas, Bosque distópico y Nogal.

Nadie canta y son pocas las conversaciones. Los pasajeros miran detrás de las ventanillas un cielo muy celeste, la zona de curvas y estructuras industriales de la periferia marplatense y pasando todo eso, aquello que ofrece la Ruta 226: los cementerios y los campos, llenos de verde y soledad. Al doblar hacia las Sierras se empiezan a ver los puestos de verduras y frutas, uvas y sandías, los carteles que escritos con tiza o fibrón dicen cuánto cuestan los productos. Llegado al frente del Zoológico ‘El paraíso’, hay que doblar a la derecha casi 900 metros, más tarde, avanzando por la calle de tierra, expuestos al polvo que levanta el colectivo, se van viendo unas flechas pintadas y con una tipografía particular está escrito ‘Cuero’.

El camping La Casualidad existe desde el 21 de diciembre de 2006, está a cargo de dos licenciados en educación y el lugar es bastante conocido por contar con un laberinto. A las seis de la tarde de este domingo inyectado de luz, hay quince carpas armadas y mucha gente sentada en el pasto.

Hay dos mesas grandes, una está repleta de afiches y revistas ‘Bananas y algo más’, al costado están colgadas las remeras de una marca nueva: ‘Barto’. Al lado ‘Felina’ exhibe discos con lo mejor del rock emergente, del otro lado, la barra con tragos y el puesto de comidas. Montones de gatas peludas ondulan entre troncos y se cuelan en los bolsos y en las zapatillas.

Gatas Peludas, banda que transita a su manera lo folk, invita a Bruno Da Silva a interpretar una canción simple titulada ‘Pepsi’, una suerte de homenaje al punk. Bruno es el frontman de Reales, la banda platense que musicaliza los últimos minutos de tarde. Reales muestra ‘Egotecnia’ trabajo del 2017 de una propuesta que no reniega de un sonido muy cargado donde todos los instrumentos parecieran sonar todo el tiempo. Lucas Valenti tiene un cigarrillo en la boca y Mariano Machao toca su guitarra con un gesto adusto. Tanto ‘Manchi’ como Augusto Tudda (batería) tienen camisas floreadas. A Bruno se le entiende todo ésta vez, se mueve frenéticamente, levanta su cabeza y canta con el micrófono agarrado con sus dos manos y lo pega a su labio inferior. Bruno canta sin remera, Bruno canta en cuero.

Circula mate, botellitas con agua y millennials o no se tiran en una lona. Algunos comen una porción de sandía, otros van por un licuado. Fran Saglietti prefiere usar un toallón celeste para sentarse y acostarse después a mirar el cielo.

Mientras tanto la comunicadora Aluminé Rosso habla en un quincho. Es alta y tiene el pelo corto, diserta como retando a la gente e intercalando todo el tiempo a su español palabras en inglés. Antes de enumerar los conceptos del taller lee su propio CV. Primero usa el micrófono, después no y después sí. Explica cuál sería la forma ideal para que una banda comunique su proyecto. Se sabe que los Rolling Stones no son los Rolling Stones por haber subido a tal hora un teaser a Facebook, pero sí que en este mundo de la imagen a veces pareciera que aquello que no se comunicó no se hizo. Aluminé cierra con una frase que se la atribuye a Pablo Picasso: ‘aprende las reglas como un profesional para que puedas romperlas como un artista’. La podría haber dicho el Dalai Lama Paulo Coelho o Dalí, pero Google dice que pertenece al autor del Guernica, así que…

Florencia extiende sus brazos, queda como en posición de cruz y Agustín la llena de ‘Off’ mientras tanto TundoMS pasa música en inglés, Iggy Pop, por ejemplo. Un atril sostiene la obra en construcción de Diego García Conde, hay pintado un elefante lisérgico con una luna de fondo.

La luz de día es mínima, hacen lo suyo los gazebos decorados con banderines e iluminados por lamparitas que dan sensación de calidez. Es la hora para que Salam Aleikum salga al escenario. Están todos cubiertos por prendas blancas excepto Agustín Ridao, baterista de la banda. ‘Vamos a dejar los malos pensamientos’; ‘Quiero ver marcianos, ya no se habla más de eso. Ahora se sacan fotos de trompita en Instagram’; ¿saben que hace falta? Nada’. Nicolás Iñiguez vino palabrero y de campera. Entre canción y canción afina su guitarra y suelta pensamientos más o menos ingeniosos en forma de tweet. Con ellos es momento de rock & roll, en un set que cuenta con dos invitaciones: en ‘Especial espacial’ aporta su voz Bruno Da Silva y en ‘Es verdad, puedo morirme’ colabora Fran Saglietti, cantante de Francisca y los exploradores. Un recitado de ‘Víctima’ de Charly da pie para escuchar el fraseo ‘anoche bebí unas copas de más ya no veía muy bien, pero podía bailar/ entonces sentí la necesidad de entregarme a la danza’.

Dos chiquitos de no más de cuatro años se entregan a un baile que consiste en dar vueltas y más vueltas y reírse mucho. ‘Cuero sin pantalones’ insiste Nicolás.

La productora RTV soñó un Festival Boutique, por eso lo que siguió no solo fue música de la mano de LADDA, sino que el equilibrismo y la danza contemporánea también tuvo lugar en Cuero. Cuerpos desplazándose de un lugar a otro buscando una forma de expresión singular y directa.

De golpe los espectadores recrean un anfiteatro. El turno es de los Bla Bla. ¿Lesluthierismo contemporáneo? Quién sabe, lo seguro es que cosechan carcajadas riéndose ellos también: de los rockstars -Fito Páez, por ejemplo-, de los rapperos, de los discursos enquistados. En el medio y con medley hay una versión de Let it be o de Don’t stop me now. El show funciona, da hasta ternura ver tanta gente concentrada en una función, en un número de humor, tanta gente capturada por algo que no sea un like.

Federico apoya su cabeza en el brazo izquierdo de Marisol. No paran de hablar aun hipnotizados por las estrellas. No tienen frío ni calor, la vida les pasa por otro lado: por lo fluido del festival, por el contorno natural, por Barakus que arrima sonidos afro beat y que cruza el jazz y la música instrumental sudamericana. Federica le dice a Pablo que preste atención a los árboles y que se fije como la iluminación del festival le da otro color a las hojas, como queda intervenida la vegetación. Federica y Pablo comparten un vino, ya no saben si es rico o si es feo, a ellos también la vida les pasa por otro lado.

Valentín tiene un tarro de espuma, una capucha cubre su cabeza. El sinte es reconocible y la cara desquiciada y el pelo despeinado de Consolo también. Empieza Peces Raros un agite oscuro -como la ropa con la cual visten los integrantes de la banda-, una fiesta electro de personas que escuchan rock, un pogo hecho de canciones y momentos explosivos. Marco no la puede creer, va a decir más tarde que ‘nunca había visto un público tan arriba’. Piden más, no les alcanzó un set continuo, donde los cortes no existen, donde hay matíces pero prima la intensidad y donde las letras dicen bravuras para la época. Los fans quieren otra, pero no hay grito que compre demagogia, no hay carnada que confunda a estos Peces.

‘No habrá nunca una puerta. Estás adentro

y el alcázar abarca el universo

y no tiene ni anverso ni reverso

ni externo muro ni secreto centro.


No esperes que el rigor de tu camino

que tercamente se bifurca en otro,

que tercamente se bifurca en otro,

tendrá fin.’

Franco y Lucio están al borde de descomponerse de la risa. Minutos antes no fue tan así la situación. Llegaron al mirador de un laberinto que confunde a los valientes en plena noche. Mientras avanzan una voz extraña grita desde ninguna parte, primero se les ríe, después los amenaza y después los guía. Cada tanto los brazos de Bruno sienten una mano, esa voz tiene cuerpo y le avisa que apague la linterna. Bruno, Franco y Lucio, van entendiendo el juego y con un poco de bronca y de diversión llegan a la meta. Lucio, lector atento de Borges, había olvidado el poema.

Una trompeta lidera la banda, y sirve como un Valium para bajar tanto pez raro. Morbo y Mambo hace que los cuerpos bailen, que un set hecho de groove instrumental ocupe el momento culmine de la noche, que todo vaya relajando. El público quiere eso, quiere bailar. Debe ser por eso que la carrera de los hacedores de Boa (2014) tiene a la vista otra zanahoria. Es que el 2017 espera de ellos un nuevo disco que hasta podría contar con la incorporación de una voz surgida y grabada en la sala de ensayo de la banda.

El olor a humo es fuerte y es nítido el ruido de la chispa. Una ronda hecha de tres capas contiene un fuego alto. Hay sonidos del altiplano en medio de las sierras y la madrugada va avanzando, también, con las canciones en castellano o en inglés que canta Julián.

En el campo se habla del alba y del clarear, la hora de la vigilia donde todo parece nuevo. Algunos prefieren dormir, por lo menos un rato. Julián no. Va al laberinto acompañado con doce personas, que van a ser once y luego diez y luego nueve y luego dos. Intentaron convencerlo de tomar los recovecos que saltean las dificultades de ese recorrido. Julián se resistió. Al rato encuentra un cartel lleno de tierra, le cuesta leerlo, pero logra descifrarlo: ‘si ganás con trampa perdés el respeto’.

A las diez de la mañana del lunes el calor visita las carpas y los refugios. Empiezan los préstamos de pastas de dientes y shampoo, de talco para el pie y desodorante en sprite. Los baños con ojotas y los gritos del chorro de agua impensado. Marco va hasta la cocina y se sirve Coca- Cola en un vaso descartable de esos que se usan para tomar café en los micros de larga distancia. Chicho tiene un libro bajo el brazo y en la cocina lava un cuchillo. Benjamín está sentado en una silla de madera al lado de una cocina de juguete y una muñeca desnuda, de plástico que tiene poco pelo.

Atrás de él hay un campo y más atrás hay vacas. Otro Benjamín encuentra un grabador, lo enchufa y suena la radio, se escuchan canciones ochentosas, los de alrededor ríen, pero Mariano cambia de dial. Se clava en una FM de música cristiana, donde enmarcadas en ritmos de bachata, bolero o ballenato las canciones hablan de Jesús.

Del lado de afuera hay una galería, todos se trasladan ahí. Laqui y Lucas hablan de Maradona y de los fumadores de tabaco, de los sandwichs de bondiola y de la inutilidad de la música. Pasa Esteban y dice que siendo las once y cuarto de la mañana ya va por su tercer partido de futbol. Ignacio putea. Le acaban de estrellar en la espalda una bombucha. Hay una guerra no declarada con agua fría. El resto se tira agua con una manguera que hay al costado del escenario. Gregorio mira todo eso mientras cuenta chistes, tira ramitas y ve como sus amigos juegan al truco. Emisario Submarino da un set a puro instrumento. Antes de MCV el presentador explica que mientras todos cantaban en el fogón, un grupo de vecinos juntó ciruelas con excremento y tiró ese maridaje en la puerta del camping, repudiando el Festival. Después de rock & roll tradicional y algo de blues, las fuerzas de los asistentes quedan para escuchar a El Estrellero.

Agustina ayuda a sus amigas a desarmar la carpa, a ella le toca enrollar el aislante. Hay mucha gente y el último colectivo anunciado es el de las cuatro. No entran todos en ese y esperan que venga otro. Nicolás, Bruno, Franco y Pablo se tiran en un deck de madera que está muy cerca de unos juegos con redes y toboganes, hablan de música y de lo que les pareció el festival. Parece cualquier día de la semana menos un lunes.

El segundo colectivo llegó, están todos muy cerca uno del otro, pegados por la distancia y pegoteados por el calor. El cartel intervenido ahora dice ‘ceda el faso’ y a nadie le causa gracia el chiste. Están todos agotados y nadie habla y nadie canta. Franco está sorprendido por la cantidad de chicos de entre diecisiete y veinte años que fueron y reconoce que lo emocionó ver tantas carpas hechas. Piensa en eso mientras la tierra y el viento le pegan en la cara, cuando va sentado en las escalinatas del transporte, vestido con zapatillas y medias de sandía, con una malla y sin remera.

FOTOS? el album de cuero.

PH: Juan Cruz Mansilla